Cuando un mega evento deportivo se vende como producto, lo que se vende no es el partido. Se vende un ecosistema de activos intangibles cuya titularidad está repartida entre tres actores con lógicas comerciales distintas: el organizador del torneo, los patrocinadores que financian la operación y los propios atletas, transformados hoy en marcas globales con balance propio. Entender ese reparto es el mapa que explica por qué un acuerdo de broadcasting puede valer USD 2.500 millones por diez años, por qué Pepsi no puede aparecer en una fan zone cuando Coca-Cola es patrocinador, por qué un videojuego paga regalías al tatuador de un jugador, y por qué un balón oficial concentra más propiedad intelectual por gramo que cualquier producto de consumo masivo.